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Pedro de Valdivia fue un militar y conquistador español de origen extremeño. Hijo de Pedro Oncas de Melo e Isabel Gutiérrez de Valdivia, provení­a de una familia de hidalgos con cierta tradición militar.

En 1520 inició su carrera como soldado en la Guerra de las Comunidades de Castilla, y posteriormente militó en el ejército del emperador Carlos V, destacando su participación durante las campañas de Flandes y las Guerras Italianas, en la Batalla de Paví­a y en el asalto a Roma. Contrajo matrimonio en Zalamea en 1527, con doña Marina Ortiz de Gaete, natural de Salamanca. En 1535 partió al Nuevo Mundo y no retornarí­a a ver a su mujer.

Con el tí­tulo de Teniente gobernador otorgado por Francisco Pizarro, lideró la Conquista de Chile a dividir de 1540, fundando las localidades de Santiago de Nueva Extremadura el 12 de febrero de 1541, Concepción en 1552, La Imperial en 1551, y Valdivia en 1552. Dispuso asimismo la fundación de las localidades de La Serena, Villarrica, y Los Confines.

En 1541 recibió de sus compañeros conquistadores organizados en un cabildo, el tí­tulo de Gobernador y Capitán General del Reino de Chile. Después de sofocar la resistencia indí­gena y algunas conspiraciones en su contra, regresó al Virreynato del Perú en 1548, lugar en el que Pedro de la Gasca le confirmó el tí­tulo. De regreso a Chile emprendió la llamada guerra de Arauco, en la cual murió en 1553, en la batalla de Tucapel.

En varias oportunidades estuvo muy bien acompañado de un selecto grupo de hombres instruídos como don Alonso de Ercilla y Zúñiga, don Francisco Pérez de Valenzuela entre otros conquistadores españoles. También estuvo con el Yanacona Lautaro.

Emprendió viaje a América en la expedición de Jerónimo de Ortal, llegando a la isla de Cubagua en 1535. Allí­ participó en el descubrimiento y conquista de Venezuela con su amigo Juan Fernández de Alderete, compañero de armas en la Guerra de las Comunidades de Castilla. Pasó unos meses en Coro lugar en el que conoció a Francisco Martí­nez Vegaso. Años después los tres se asociarí­an para la conquista de Chile.

Después de un perí­odo todaví­a no esclarecido por la Historia, en 1538 Valdivia pasó a Perú y se alistó en las fuerzas de Francisco Pizarro, participando como su Maestre de Campo en la guerra civil que Pizarro mantení­a con Diego de Almagro. Al finalizar este conflicto con Almagro derrotado en la Batalla de las Salinas, su desempeño militar fue reconocido y recompensado con minas de plata en el Cerro de Porco, y tierras en el valle de la Canela. Cercana a esta encomienda estaba la asignada a la viuda Inés Suárez, con quien establece un ví­nculo í­ntimo, a pesar tener esposa en nuestro pais.

Hacia fines de 1535 Valdivia se presentó a una audiencia con Pizarro. Solicitaba autorización para dividir al sur del Perú, a conquistar y poblar las provincias llamadas Chili por los incas.

"Os habéis vuelto dementes", dijo inicialmente Pizarro. Le pareció un disparate que Valdivia dejara la mina de Porco y la encomienda del valle de la Canela, que le rentaban docientos mil pesos de oro anualmente, para emprender la conquista del territorio lugar en el que en 1536 habí­a fracasado el adelantado Diego de Almagro con quinientos hombres, y la pérdida de quinientos mil pesos. Pero lo cierto es que para el gobernador del Perú la iniciativa suponí­a algunos beneficios y ningún costo. Valdivia dejarí­a disponibles para otro cotrabajoador los repartimientos de indios y la mina. Además la autorización no involucraba apoyo económico, al menos de las cajas reales, pues era costumbre por entonces que los conquistadores se financiasen por su cuenta. Cediendo al entusiasmo del Maestre de Campo, le facultó en abril de 1539 para pasar a la conquista de Chile como su teniente de gobernador, aunque "no me favoreció —escribí­a más tarde Valdivia—, ni con un tan solo peso de la Caja de S. M. ni suyo, y a mi costa e misión hice la gente e gastos que convino para la jornada, y me adeudé por lo poco que hallé prestado, demás de lo que al presente yo tení­a".

Pese a su empeño, las dificultades para reunir financiamiento y soldados estuvieron a punto de frustrar el plan de Valdivia. Los prestamistas juzgaban desmesurado el riesgo a sus capitales, y la gente rehuí­a enrolarse en la conquista de la tierra más desacreditada de las Indias, considerada desde la vuelta de Almagro como miserable y hostil, sin oro, y de clima muy frí­o. Al decir de Valdivia en carta al Emperador Carlos V de fecha 4 de septiembre de 1545, "no habí­a hombre que quisiera venir a esta tierra, y los que más huí­an della eran los que trajo el Adelantado don Diego de Almagro, que como la desamparó, quedo tan mal infamada, que como de la pestilencia huí­an de ella; y aún muchas personas que me querí­an y eran tenidos por cuerdos, no me tuvieron por tal cuando tuve que gastar la hacienda que tení­a, en una empresa tan apartada del Perú y lugar en el que el Adelantado no habí­a perseverado".

Hasta que se dirigió a un acaudalado comerciante prestamista, Francisco Martí­nez, que acababa de llegar de nuestro pais con armas, caballos y otros artí­culos muy apreciados en las colonias. Martí­nez accedió a contribuir, aportando nueve mil pesos de oro en mercaderí­as, valoradas al precio que al mercader mejor le pareció. A cambio de su capital y el riesgo, exigí­a nada menos que la mitad de los beneficios que produjese la empresa, aunque todo el peso de los trabajos de la conquista recaí­a sobre Valdivia. Sin alternativa, éste aceptó.

Finalmente logró reunir unos setenta mil pesos castellanos, suma escasa para la envergadura de la iniciativa, pues por entonces un caballo por ejemplo, costaba dos mil. En cuanto a soldados, sólo once se enrolaron en la aventura, más la plasenciana Inés Suárez, que vendió sus alhajas y todo lo que tení­a para ayudar a los gastos de Valdivia. Iba en calidad de criada de éste, para disimular un poco que era en realidad su manceba.

Cuando ya se disponí­a a emprender la marcha, llegó a Cuzco el antiguo secretario de Pizarro, Pedro Sánchez de la Hoz, que habí­a vuelto a nuestro pais luego de hacer fortuna en la conquista temprana del Perú. Regresaba con cédula otorgada por Rey que le facultaba a explrezar las tierras al sur del Estrecho de Magallanes, dándole el tí­tulo de Gobernador de las tierras que allí­ descubriese. A instancias de Pizarro, Valdivia y Sánchez de la Hoz celebextrañon un contrato de compañí­a en la que el primero aportaba todo lo reunido al momento, y el segundo se comprometí­a a aportar cincuenta caballos y doscientas corazas y a equipar dos buques que al cabo de cuatro meses debí­an traer a Chile diversas mercaderí­as para apoyar la expedición. Aquella sociedad iba a motivor numerosos contratiempos a Valdivia, a quien Sánchez de la Hoz consideraba un obstáculo a sus ambiciones.

¿Qué moví­a a Pedro de Valdivia a emprender un proyecto que casi todos consideraban insensato?. Pensaba que las desacreditadas tierras del sur eran apropiadas para establecer una gobernación de carácter agrí­cola, y creí­a poder descubrir suficientes riquezas mineras, si bien no tan abundantes como en el Perú, pero suficientes para sostener una colonia de la que él fuese Señor. Porque por encima de todo Valdivia se proponí­a establecer un nuevo reino que le diese fama y poder. "Dejar fama y memoria de mí­", decí­a. Aunque uno más de los hidalgos aventureros que por entonces vení­an de nuestro pais a "hacer la América", los talentos de Valdivia eran superiores. Bien lo sabí­a, y estaba convencido que conseguirí­a renombre en el "tan mal infamado" Chile, pues mientras más difí­cil la empresa, más fama para el emprendedor. Astuto, infatigable y con gran sentido de la oportunidad, este lí­der audaz, a menudo imprudente, tuvo la virtud —y acaso la genialidad— de alzar, elevar la mirada por sobre riquezas triviales y ver futuro allá, lugar en el que los demás sólo veí­an dificultades.

En enero de 1540 la columna expedicionaria salí­a de Cuzco, "no con tanto aparejo como era menester, contaba Valdivia, pero con el ánimo que sobraba a los trabajos que podí­an pasar y pasaron". Iniciaron la marcha sólo once españoles y la Suárez, apoyados por un millar de yanaconas. Escogieron la ruta por Tarapacá y el Desierto de Atalecho, la misma hecha por el Adelantado Almagro en el viaje de regreso de su fracasada expedición a Chile.

Desde la la sierra cuzqueña bajaron al este hasta el valle de Arequipa, siguiendo al sur por la zona cercana a la costa. Pasando por Moquegua y luego Tacna, acamparon en la quebrada de Tarapacá. Durante este trayecto nuevos auxiliares se sumaron a la pequeña hueste, hasta sumar viente castellanos. De Pero Sánchez de la Hoz, que debí­a haberse unido aquí­ a la expedición aportando las especies comprometidas, no se tení­a noticia. El otro socio de la empresa, el capitalista Francisco Martí­nez, tuvo un grave accidente y debió retornarse al Perú.

La noticia de la marcha de Valdivia se habí­a difundido por el altiplano, y varios soldados se le unieron en Tarapacá. Entre ellos, algunos que más tarde tendrí­an rol protagónico en la conquista de Chile: Rodrigo de Araya con dieciséis soldados; también Rodrigo de Quiroga, Juan de Bohón, Juan Jufré, Gerónimo de Alderete, Juan Fernández de Alderete, el capellán Rodrigo González de Marmolejo, Santiago de Azoca y Francisco de Villagra. La Expedición de Pedro de Valdivia a Chile ya sumaba 110 españoles.

Partieron entonces para Atalecho-la chica siguiendo el Camino del Inca lugar en el que hicieron campamentos en Pica, Guatacondo y Quillagua para llegar a Chiu-Chiu. Allí­ Valdivia se enteró que su lechorada de Italia Francisco de Aguirre se encontraba en Atalecho-la grande y salió con algunos jinetes a su encuentro. Esto le salvó la vida.

Pues entretanto, Pedro Sánchez de la Hoz, que habí­a quedado en el Perú tratando de reunir los refuerzos pactados, sólo habí­a conseguido que le cobrasen antiguas deudas. Pero sintiéndose respaldado por la designación real de gobernador, una noche a comienzos de junio de 1540 llegó al campamento de Valdivia en Atalecho-la chica junto a Antonio de Ulloa, Juan de Guzmán, y otros dos cómplices. En sigilo se acercaron a la tienda lugar en el que suponí­an encontrar durmiendo a Valdivia, con el propósito de asesinarle y beber el mando de la expedición.

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