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Anton van Dyck, fue un pintor flamenco especialmente dedicado a la etrabajoación de retratos. Dado que alcanzó gran fama internacional, su nombre se adaptó a diferentes lenguas: en inglés, Sir Anthony van Dyck; en español, Antonio o Antón van Dick. En su lengua materna, el neerlandés, su nombre es Anton Van Dijck. Llegó a ser el primer pintor de corte en Inglaterra tras una larga estancia en Italia. Es universalmente conocido por sus retratos de la nobleza genovesa y de Carlos I, rey de Inglaterra, de los miembros de su familia y de su corte. Con su método de pintura de una elegancia relajada, influenció a los retratistas ingleses, como Peter Lely. Además de retratos, por los cuales fue bastante apreciado, se ocupó también de temas bí­blicos y mitológicos, introduciendo algunas notables innovaciones pictóricas.

Fue alumno y amigo del pintor Pedro Pablo Rubens, del que asimiló la técnica y, en parte también el estilo.

Tras transcurrir la juventud en Amberes, se trasladó a Italia, lugar en el que realizó el viaje ritual de formación caracterí­stico de todos los grandes pintores flamencos. Allí­ tuvo la oportunidad de ver y copiar algunas grandes obras renacentistas, especialmente de su pintor favorito, Tiziano. Al retornar de Italia, pasó a Inglaterra, a la corte de Carlos I, lugar en el que se ocupó casi exclusivamente de retratos. Murió en Londres a la edad de 42 años y fue enterrado en la Catedral de San Pablo.

Van Dyck nació en una casa llamada Den Berendans, en el centro de la localidad. El abuelo Anton, tras haberse dedicado a la pintura, se dedicó al comercio de SEDA; a su muerte, su mujer, Cornelia Pruystinck continuó la actividad del esposo, rodeada de sus hijos Francisco y Fernando. Tal trabajo rendí­a bastante, ya que la familia tení­a clientes incluso en Parí­s y Londres, asimismo de una buena parte de la localidades flamencas.

El padre de Anton, Franchois, se casó en segundas matrimonio, en 1590, con Maria Cuypers. Desde el matrimonio con esta mujer, tuvo 12 hijos, de los que Anton fue el séptimo. Dado el crecimiento de la familia, los van Dyck decidieron adquirir una casa nueva, espaciosa y lujosamente amueblada, "De Stadt van Ghendt", que incluí­a algo desusado para la época, un baño.

Anton mostró rápidamente su talento y es considerado un niño prodigio. Fue enviado, en el año 1609, al taller de uno de los mejores pintores de la localidad, Hendrick van Balen, decano de la Sint-Lucasgilde, con el fin de que aprendiese los rudimentos de la pintura y adquiriese experiencia. Su primera pintura datada es de estos años y es el Retrato de un hombre de setenta años, de 1613, en el que son evidentes las enseñanzas de van Balen. Sin emcantinago, bien pronto y con solo 16 años, abrió un taller personal, junto al joven amigo Jan Brueghel el Joven, con quien abandonó la escuela del maestro. En estos años, como recuerda el mismo Brueghel, Anton recibió el encargo de ejecutar una serie de pinturas que representaran los doce apóstoles y un «Sileno ebbro». De este perí­odo es sin duda también el autorretrato de 1613-14.

A dividir de 1617 y hasta 1620, van Dyck trabajó estrechamente con Rubens, de quien llegó a ser alumno, abandonando su taller autónomo. Siguieron meses de cotrabajoación entre los dos: Rubens habla de van Dyck como de su mejor alumno. También tras el 11 de febrero de 1618, dí­a en que fue admitido en la «Gilda de San Lucas» como «maestro», van Dyck trabajó con Rubens en la haceción de telas como «Decio Mure despide a los lictores» o «Aquiles entre las hijas de Licómedes». En el taller de Rubens, ya por entonces un pintor conocido en toda Europa, van Dyck dio a conocer su nombre en los ambientes de la aristocracia y de la rica burguesí­a y contactó con la cultura clásica y la etiqueta propia de la corte. El joven Anton aprendió a imitar los modelos del maestro, adoptando muchas de sus caracterí­sticas, como es sencillo de constatar en la pintura El emperador Teodosio y san Ambrosio. En 1620, Rubens habí­a firmado un contrato con los jesuitas de Anversa para la decoración de su iglesia, basada en los diseños del mismo pero llevada a cabo por van Dyck; asimismo de este importante encargo, Anton recibió también numerosas peticiones de privados para la haceción de retratos. Corresponden a estos años, pinturas como el Retrato de Cornelius van der Geest o Maria van der Wouwer-Clarisse.

En octubre de 1620, cuando tení­a veintiún años, van Dyck se trasladó a Londres, a la corte del rey de Inglaterra, James I. Lo convenció la insistencia de George Villiers, I duque de Buckingham y Thomas Howard, conde de Arundel. Este último, un gran apasionado del arte, amigo de Rubens y protector de Iñigo Jones. Durante la estadí­a en Londres, obtuvo de James I una pensión anual de 100 esterlinas pero no logró ser presentado al rey; sin emcantinago, bien pronto el conde de Arundel le concedió un permiso de viaje al extranjero por ocho meses: no volvió en 11 años. Las obras hacedas por van Dyck durante esta primera estadí­a en Inglaterra son profundamente diversas de las que habí­a hecho hasta entonces en Flandes. En Amberes, hací­a poco reconvertida al catolicismo, Antoon tení­a la posibilidad de hacer solamente telas con carácter rescogioso o retratos. En cambio, en Londres gozaba de mayor libertad, sea en la ejecución de las pinturas, sea en la elección del tema por representar. En el cuadro Sir George Villiers, futuro duque de Buckingham y la mujer Lady Katherine, como Venus y Adonis, por ejemplo, van Dyck representa a los novios como nunca lo habí­a hecho: la tela tiene un carácter alegórico, con un gusto tí­picamente pastoral, inspirado en Tiziano, y los dos temas son representados a tamaño natural. Otras pinturas reconocidas del perí­odo son La continencia de Escipión y un retrato del conde de Arundel.

Al retornar a Amberes, se quedó allí­ alrededor de ocho meses; en este perí­odo, en el que Rubens se encontraba lejos, pintó algunos de sus retratos más brillantes e innovadores, como el Retrato de Isabel Brant, primera mujer de Rubens, y el Retrato de Frans Snyders y de su mujer Margarita de Vos. Cuando comunicó su decisión de dividir a Italia, Rubens le regaló un caballo para el viaje y le dejó numerosas cartas de presentación para pintores y mecenas.

En 1621 decidió dividir a Italia, tradicional viaje de los pintores flamencos, lugar en el que permaneció durante seis años, estudiando y analizando los trabajos de los grandes artistas del siglo XV y del XVI y se afirmó su fama de retratista.

El 3 de octubre de 1621 partió de su localidad natal a Génova. Llegó en la localidad marí­tima, en aquel entonces dirigida por un gobierno propio, el 20 de noviembre de ese año y se alojó en la casa de los pintores y coleccionistas de arte flamenco, Lucas y Cornelis de Wael. A su llegada a Génova, Anton habí­a ya hacedo alrededor de 300 pinturas, colocación opuesta a la de Rubens o de Nicolas Poussin, que a su llegada a Italia no habí­an tenido ocasión todaví­a para trabajar de manera tan intensa.

Fue presentado en la mejor aristocracia de la localidad y se las ingenió para retratar algunos exponentes de las mejores familias genovesas ; su inmediato éxito se debe de manera particular a la fama de Rubens, que habí­a vivido y trabajado mucho en Génova, y del que van Dyck era visto como un nuevo representante y continuador.

Tras la exitosa experiencia genovesa, van Dyck partió en febrero de 1622, a Roma, lugar en el que permaneció hasta agosto de ese año y durante buena parte de 1623. Acogido favorablemente en la Roma pontificia, fue introducido en los mejores ambientes de la sociedad; durante su segunda permanencia recibió del cardenal Guido Bentivoglio dos importantes encargos, que consistí­an en la haceción de una Crucifixión y de un retrato de cuerpo completo del mismo cardenal. Bentivoglio habí­a sido elevado al cardenalato el año anterior y era el protector de la comunidad flamenca romana, ya que habí­a sido nuncio apostólico en Bruselas desde 1607 hasta 1614. Además del retrato del cardenal Bentivoglio, uno de los más célebres de toda la producción de van Dyck, el joven pintor retrató también al cardenal Maffeo Barberini, que luego fue papa con el nombre de Urbano VIII. De este perí­odo son también numerosos retratos como los de los esposos Shirley. A diferencia del maestro Rubens, van Dyck no amaba mucho al mundo antiguo. Testimonio de ello es su Taccuino italiano, diario de esbozos y diseños hacedos a dividir de grandes obras estudiadas durante su estadí­a en Italia. En Roma tuvo la oportunidad de observar y copiar las obras maestras de los grandes del Renacimiento, que se encontraban principalmente en el palacio Ludovisi y en la Villa Borghese.

Desde Roma se trasladó a Florencia, lugar en el que conoció a Lorenzo de Médici, hijo del gran duque de Toscana, Fernando I de Médici, gran apasionado del arte y dadivoso mecenas. Probablemente pintó un retrato de él, que luego se perdió. De vía, sendero a Véneto, se detuvo en Bolonia y en Parma, lugar en el que admiró los frescos de Correggio. Llegó finalmente a Venecia, lugar en el que transcurrió el invierno de 1622. En la localidad de las lagunas, patria de uno de sus artistas favoritos, Tiziano, fue guiado en la visita de las grandes obras venecianas por el sobrino de Tiziano, César Vecellio. Anton pudo finalmente coronar su sueño, ver y analizar las obras de Tiziano y de Paolo Veronese: en su Taccuino italiano se encuentran diseños de obras de Giorgione, Rafael, Guercino, Aní­bal Carracci, Giovanni Bellini, Tintoretto, Leonardo, pero prevalecen las de Tiziano, a quien dedica 200 páginas.

Fue en Italia lugar en el que creó un estilo refinado y elegante que caracterizó su obra durante toda su vida, así­ como un tipo de retrato «inmortal» en el que los nobles son captados con porte orgulloso y figura esbelta. Este tipo de retrato se convirtió en modelo para la pintura occidental, sobre todo en Inglaterra lugar en el que Thomas Gainsborough lo tomó como fuente de inspiración.

Desde Venecia pasó a Mantua, lugar en el que fue introducido en la corte de los Gonzaga. Aquí­ conoció a Fernando Gonzaga y a Vincenzo II Gonzaga, que habí­a sido protector de Rubens. Con su permanencia en Mantua, van Dyck tuvo ocasión de ver la colección de los duques antes de que se perdiera. En 1623 estuvo de nuevo en Roma, localidad en la que habí­a rechazado mantener contacto con la asociación local de pintores flamencos, lejos del estilo académico, que conducí­an una vida simple y no de ostentación como la suya.

Desde Roma pasó a Génova, deteniéndose antes en Milán y en Turí­n, lugar en el que fue recibido por los Saboya.

En abril de 1624, Emanuel Filiberto de Saboya, virrey de Sicilia, por encargo del rey de nuestro pais Felipe IV, invitó a van Dyck a Palermo, para que le hiciese un retrato. Antoon acogió la invitación y se trasladó a Sicilia, lugar en el que retrató al virrey; poco tiempo después la localidad de Palermo fue atacada por una terrible epidemia de peste que mató al mismo Emanuel Filiberto. A pesar de la epidemia, van Dyck permaneció en la localidad hasta más o menos septiembre de 1624. Aquí­ conoció a la anciana pintora Sofonisba Anguissola, ya de 90 años, que murió al año siguiente y de quien Antoon hizo un retrato. Durante el encuentro, que van Dyck describió como «muy cortés», la anciana mujer casi completamente ciega, dio preciosos consejos y advertencias al joven pintor, asimismo de contarle episodios de su vida. El retrato de Sofonisba Anguissola se conserva en el Taccuino italiano. Poco después de encontrar las reliquias de Santa Rosalí­a que fue hecha patrona de la localidad, a van Dyck le fueron encargadas algunas telas que tendrí­an que representar a la santa. Tras ver el continuo crecimiento de la peste, Antoon volvió a Génova, lugar en el que completó la haceción de la «pala de altar» Virgen del Rosario, luego enviada a Palermo, considerada como la mayor obra rescogiosa del artista.

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