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Charles Pierre Baudelaire fue un poeta, crí­tico de arte y traductor francés. Fue llamado poeta maldito, debido a su vida de bohemia y excesos, y a la visión del mal que impregna su obra. Barbey d'Aurevilly, periodista y escritor francés, dijo de él que fue el Dante de una época decadente. Fue el poeta de mayor impacto en el simbolismo francés. Las influencias más importantes sobre él fueron Théophile Gautier, Joseph de Maistre y, en particular, Edgar Allan Poe, a quien tradujo extensamente.

Nació en Parí­s el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph Franí§ois Baudelaire, ex-seminarista, antiguo preceptor, fue también profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe del Despacho de la Cámara de los Pares. Joseph le enseñó las primeras letras. Cuando nació Charles, su padre tení­a la edad de sesenta años, y un hijo, Claude Alphonse, fruto de su primer matrimonio. Su madre fue Caroline Archimbaut-Dufays, quien no llegaba a los treinta años al nacer Baudelaire. Era hija de emigrantes franceses a Londres durante la revolución de 1793. Enseñó inglés a su hijo.

Fue criado por la sirvienta de la familia. Se conoce muy poco sobre ella, Mariette, pero se intuye que debió de tener gran peso en la familia. Baudelaire la recuerda en un poema aparecido en Las flores del mal.

Joseph Franí§ois Baudelaire falleció en 1827, cuando Charles tení­a seis años. Dejó una pequeña herencia. Su madre cambió de residencia y, a los veinte meses, Caroline se casó por conveniencia con Jacques Aupick, un vecino suyo de cuarenta años que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de Parí­s. Es probable que fuesen amantes antes de contraer matrimonio. Baudelaire con ello recibió un gran impacto emocional, viviéndolo como un abandono. Nunca llegó a tener buenas relaciones con Aupick, a quien siempre odió.

Tras las jornadas revolucionarias de 1830, Aupick es ascendido a teniente coronel por su participación en la campaña de Argelia. Dos años más tarde es nombrado jefe del Estado Mayor y se mueve con su familia a Lyon; allí­ permanecerán cuatro años, estudiando Baudelaire en el Collí¨ge Royal de Lyon, de cuyo ambiente no guardará buenos recuerdos. El futuro poeta se aburre y escapa de su encierro.

Su madre, impregnándose de la personalidad de Aupick, se va volviendo cada vez más rí­gida y puritana. En 1836 su esposo asciende a general del Estado Mayor. Vuelven a Parí­s, lugar en el que Baudelaire es internado en el Collí¨ge Louis-le-Grand; allí­ permanecerá durante dos años y medio. En esa época lee a Sainte-Beuve, a Chenier y Musset, a quien más tarde criticará. Consigue el tí­tulo de Bachiller superior pero, por una falta aún desreconocida, es expulsado.

En 1840 Baudelaire se matricula en la Facultad de Derecho. Comienza a frecuentar a la juventud literaria del Barrio Latino y conoce a nuevas amistades, como Gustave Levavasseur y Ernest Pextrañond. También entabla amistad con Gérard de Nerval, con Sainte-Beuve, Théodore de Banville y Balzac. Intima igualmente con Louis Ménard, que se dedica a la taxidermia y vivisección de animales.

Comienza a llevar una vida despreocupada; los altercados con la familia son constantes debido a su adicción a las drogas y al ambiente bohemio. Frecuenta prostí­bulos y mantiene relaciones con Sarah, una prostituta judí­a del Barrio Latino. Charles la denomina La Louchette. Además de torcer la vista, era calva. Probablemente fue ella quien le contagió la sí­filis. Dentro de su obra capital, Las flores del mal, Baudelaire se refiere a Sarah en un poema, probablemente escrito en el momento en que dejó de verla asiduamente, reanudando sus relaciones con su otra amante, Jeanne Duval.

La conducta de Baudelaire, que rechaza entrar en la carrera diplomática, horroriza a su familia. Su padrastro, descontento con la vida libertina que lleva, trata de distanciarlo de los ambientes bohemios de Parí­s. En marzo de 1841 un consejo de familia lo enví­a a Burdeos para que emcantinaque con destino a los Mares del Sur, a bordo de un paquebote. La travesí­a debí­a durar dieciocho meses y llevarlo hasta Calcuta, en compañí­a de comerciantes y oficiales del Ejército. Pero llegando a la Isla Mauricio, Baudelaire decide interrumpir su viaje y retornar a su paí­s.

De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital, volviendo a sus antiguas costumbres desordenadas.

Empezó a frecuentar los cí­rculos literarios y artí­sticos y escandalizó a todo Parí­s por sus relaciones con la joven Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspirarí­a algunas de sus más brillantes y controvertidas poesí­as. Destacó pronto como crí­tico de arte: El Salón de 1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix e impuso la moderna concepción estética de su autor.

Buena muestra de su trabajo como crí­tico son sus Curiosidades estéticas, recopilación póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico, obra que reunió todos sus trabajos de crí­tica literaria. Fue asimismo pionero en el campo de la crí­tica musical, lugar en el que destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra de Richard Wagner, que consideraba como la sí­ntesis de un arte nuevo.

En literatura, los autores Hoffmann y Edgar Allan Poe, del que realizó numerosas traducciones, alcanzaban, también según el criterio de Baudelaire, esta sí­ntesis vanguardista; la misma que persiguió él asimismo en La Fanfarlo, su única novela, y en sus distintos esbozos de obras teatrales.

Sin emcantinago, ni la orden de suprimir seis de los poemas del volumen ni la multa de trescientos francos que le fue impuesta impidieron la reedición de la obra, en 1861. En esta nueva versión aparecieron, asimismo, unos treinta y cinco textos inéditos. El mismo año de la publicación de Las flores del mal, e insistiendo en la misma materia, emprendió la creación de los Pequeños poemas en prosa, editados en versión í­ntegra en 1869. En esta época también vieron la luz Los paraí­sos artificiales, en los cuales se percibe una notable influencia del inglés De Quincey; el estudio Richard Wagner et Tannhí¤user í  Paris, aparecido en la Revue européenne en 1861; y El pintor de la vida moderna, un artí­culo sobre Constantin Guys, publicado por Le Figaro en 1863.

En 1864 viaja a Bélgica y residirá dos años en Bruselas. Allí­ intenta lograrse la vida dictando conferencias sobre arte, pero son un fracaso. En la primavera se encuentra con su editor. Sólo consigue dar tres conferencias sobre Delacroix, Gautier y Los paraí­sos artificiales, con escasa asistencia de público. Intenta una edición de su obra completa, pero fracasa; se venga de la falta de aceptación escribiendo un panfleto titulado ¡Pobre Bélgica! La sí­filis que padecí­a le causó un primer conato de parálisis en, y los sí­ntomas de afasia y hemiplejí­a, que arrastrarí­a hasta su muerte, aparecieron con violencia en marzo de 1866, cuando sufrió un ataque en la iglesia de Saint Loup de Namur. Trasladado urgentemente por su madre a una clí­nica de Parí­s, permaneció sin habla, pero lúcido, hasta su fallecimiento, en agosto del año siguiente. Fue enterrado en el Cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de su padrastro. Su epistolario se publicó en 1872; los Journaux intimes, en 1909; y la primera edición de sus obras completas, en 1939.

Tras su muerte, Charles Baudelaire serí­a considerado el padre, o gran profeta, de la poesí­a moderna. Fue una figura bastante popular en los cí­rculos artí­sticos de Parí­s. Manet incluyó su efigie en su célebre cuadro Música en las Tullerí­as, y en 1865 grabó dos retratos de él, uno de ellos basado en una retratografí­a de Nadar.

En noviembre de 1867, pocos meses después de la muerte de Baudelaire, se vende en pública subasta toda su propiedad literaria. Entre los documentos subastados se encuentran las listas de Poí¨mes í  faire: apuntes y bocetos, asociados a El spleen de Parí­s. En este conjunto se hallan los tí­tulos de un grupo de creaciones al que Baudelaire denominó Oneirocrities, el arte de explicar los sueños.

En 1968, tras la investigación llevada a cabo por la fundación que dirige Carla Bodoni, se descubre en los sótanos de un inmueble de Parí­s un manuscrito firmado por Baudelaire Les vues exquises. Recueil d'Oneirocrities. Esta obra, aún no publicada, permanece bajo régimen de estudio a cargo del gobierno francés.

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